Con la piel descubierta

“Hay que aprender a detener el mundo”

––Andrés Córdova Phelps

“Cuéntame, ¿cómo estuvo tu día?, ¿qué hiciste hoy?” ¿Cómo estuvo mi día? Pacífico, respondí desde la intuición más genuina posible a dos preguntas sin pausa; por aquello de ser breve y acertada. A pesar de que era martes, un día que pasa desapercibido entre: “ya comenzó la semana” y “ya estamos a mitad de semana”, tuve la gran oportunidad de percibir —y elegir—-, la tan nombrada paz. Esa que se apalabra mucho, pero que se experimenta poco. Porque vivir en un mundo de caos es coincidir en que la gran revolución social; antídoto de todo veneno, es descansar. Disminuir el paso, respirar más lento y darse cuenta de que si las exigencias no se detienen, el mundo interior, ese que cargamos en nuestro cuerpo, colapsa.

Recuerdo que un amigo tomaba muy en serio los beneficios y cada vez que podía, tomaba siestas y aumentaba su capacidad de poner límites sanos, no solo desde la emoción, sino también desde la claridad mental. Creo que la percepción de que descansar es sinónimo de menor productividad se puede quedar en un mito. Sé que la rapidez es un elemento indispensable para la productividad, ¿pero de qué vale si el agotamiento afecta mi estado de ánimo? La alegría suele ir acompañada de la tranquilidad; de la plenitud que se alcanza cuando no hay vacíos y por tanto, la libertad es palpable porque se puede caminar con la piel descubierta sin temor a perder el equilibrio. Basta con preguntarse, ¿acaso los progenitores cuando descansan no cuidan mejor? La ciencia lo ha advertido: la falta de descanso disminuye la probabilidad de que el aprendizaje se consolide y por ello, tiene efectos en nuestra capacidad para hacer y ser. 

Ojalá elijamos con frecuencia e intención, todo aquello que nos permita florecer en la quietud que abre espacio para la claridad.

Florecer para experimentar la lluvia

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El reflejo de una esfera